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LA PALABRA POÉTICA
Cuando
en cualquier lugar, tiempo o circunstancias, comienza el poema,
renace siempre el aliento del origen: En el principio era
la palabra... Ningún poeta sabe con ciencia cierta,
ni con premonición exacta, cuál será
el comienzo, aunque espera uno aún indeterminado, imprevisible,
pues cualquier posición tética que advenga sólo
indica el camino posible. No conoce qué palabras seguirán
a las del don primario, el de los dioses, como decía
P. Valéry, y que J. P. Sartre negaba desde la obra
indefinida de S. Mallarmé. Si verdaderamente existe
una donación originaria de sentido, según pretende
la fenomenología, nos situamos ya en el trasfondo de
cuanto surge y se hace presente con apariencia de otro cosa
oculta y paulatinamente desvelada. El oído atento de
Valéry a la música secreta que se anuncia con
el primer tono o embozo de ritmo contacta con la esencia del
mundo y en ese tacto surge o adviene la palabra. Se inaugura
entonces una relación prelatente, un a priori correlativo
en el que toda posición sólo es un momento,
un instante predicativo que busca sujeto posible, según
entrevió J. Ortega y Gasset tras la huella intuitiva,
y transcendental, precategórica de J. G. Herder.
El
comienzo empieza siendo escucha de algo presentido, aún
no del todo manifiesto. Hay como un rumor naciente en la entraña
del poeta que su sentido crítico irá alumbrando
según una ley no explícita de germen o crecimiento
propio. El poeta asiste al parto que acontece en su entraña
fecundado por el polen del mundo. Su donación de luz
a lo que antes era sombra revive aquel comienzo originario
y principial de la palabra. Agardar as presencias nacidas
no poema, nos dijo, desde su brevedad vital -murió
muy joven-, el poeta gallego E. Lorenzo Baleirón. Actitud
de vigilia, espera de presencias en el presente: tensión
interna del tiempo dado con ansia de sonido..., siempre llegando,
a la espera. It's all in/ the sound. A song./ Seldom a song,
con versos ahilados de W. Carlos Williams. Sartre niega el don de la poesía por
esto mismo: estaríamos en la boca comunitaria de Dios,
ahijados en ella como filiación suya de palabra. Si
el poeta acierta, Dios existe, pues lo convierte en su heraldo
o Kerigma. Hasta el poeta maldito hablaría desde el
aliento invertido de la divinidad. Y si Dios ha muerto, un
Dios encerrado en el nicho del concepto objetivado, que es
como el espíritu preso en la jaula de su propia libertad,
el poeta no puede existir tampoco. Su palabra resulta un encubrimiento
refinado de la angustia y yección humana en el mundo
siempre incomprensible, porque ya no hay fondo. Viviríamos
un desfondamiento continuo.
Son éstas las dos grandes actitudes
contrapuestas del siglo XX ante y desde la poesía.
Los poetas apenas prestaron atención al suicidio poético
de Sartre, si bien la palabra misma asomó al final
de sus días con aquel aliento renovado y, al menos,
dejó una telilla semitransparente del principio que
comienza donde acaba. Esto son los grandes poemas: principian
donde aparentemente concluyen. Sus palabras revienen sobre
sí mismas y se llenan de sentidos siempre nuevos, inagotables.
Conclusos, nos hacen hablar. Cierran a medida que abren y
abren en cuanto cierran. Circularidad, no obstante, quebrada
en la ranura o desgarro -Riss- del cierre o apertura iniciada.
El vínculo acontece a distancia como ansia o terreno
de apetencia nunca del todo cumplida. De ahí que el
intermedio se manifieste a veces como angustia, huella, o
campo simbólico de ilusión fundante, como en
Hölderlin, o de frustración impotente e incontenida
ante el abismo de tal modo abierto por la palabra.
Otros tres filósofos, a su modo también
poetas, M. Heidegger, E. Lévinas y J. Ortega y Gasset,
intuyeron el fondo o latido poético del conocimiento
y, por tanto, del nombre así también llamado,
poético. Un latido, no obstante, amenazado de esclerosis
y fingimiento, tal como lo denunció Sartre y ya había
estigmatizado Nietzsche tras la estela de J. G. Herder y J.
G. Hamann. Todo lo que no sea prestar oído al crecimiento
originario -Wachstum-, nos aleja de la fuerza libre de la
existencia, viene a decir Heidegger al comentar la obra de
Herder en Vom Wesen der Sprache. El concepto ya habla, es
lautende Vernunft, y su tono viene, como el de san Agustín,
de la palabra interior, la que se anuncia sin hacerse presente
del todo, pues, aun cuando sea dicha, un dicho del habla,
prelate y distiende un campo correlativo cuyos polos pueden
anunciarse simplemente aún sin rostro determinado,
como meras sombras de posibles que aguardan su momento germinante.
La subtiende un decir continuo, inmemorial -Lévinas-
e inagotable, abierto a nuevas perspectivas, según
Ortega y Gasset. Es también la idea-palabra, la idea
como palabra, de W. Benjamín, o el vuelo del discurso,
para G. Santayana. El pneumatismo también antecedente
de la semántica o del sentido lógico, instrumentalizado,
según don Ramón María del Valle-Inclán,
quien supo liberar al lenguaje de aquella esclerosis repetitiva
ya denunciada por los románticos.
Fuera de su origen, la palabra repite un esquema,
es un dicho siempre enunciado del mismo modo, como si los
hablantes de una lengua, las comunidades idiomáticas,
vivieran, sin saberlo, sumidos en el eco de un comienzo fundante
cada vez más lejano y olvidado. La repitición
del esquema obtura los filtros del origen, y la sensación,
la percepción intuitiva, el juicio trascendente, metafórico,
se anquilosan y viven de su propia repetición mecánica.
Incluso la ciencia olvida el fermento del principio y concluye,
como nos dicen Heidegger y X. Zubiri, en metacrítica.
Por eso el poema es necesario en cualquier tiempo, lugar o
cicunstancias, pues hace presente, presenta aunque sólo
sea el eco renovado del origen o acontecimiento constante
de la imanación, del Ereignis.
Aun siendo puro fragmento de sí mismo,
una hebra vibrátil de cuanto sugiere e intuye, su acontecimiento
menudo, una gota o sílaba cayendo del verso, tal el
de Cummings, incluso así aviva la sensación
sentida de una plenitud carente o contingencia de ansia total,
un totum-simul-praesens, tan válido en la cognitio
de Leibniz como en la meditación zen, por más
que los modos de acceso difieran en la tradición de
Oriente y Occidente. Plenitud de instante abierto a más
presencia y, por tanto, perdido ya en la sombra de cuanto
subtiende a lo manifiesto. Una sombra ansiosa de luz, un grado
suyo diminuto, pero potencialmente virtual, anhelante. El
poema es eco de un mundo invisible en la escasa superficie
de su audición momentánea. Pero retiene lo poco
que capta. Lo retiene como exotismo de su forma o llamada
siempre más allá de lo que responde, inaudita,
inédita. Encierra, clausura para abrir en otra dimensión
lo dicho nunca del todo concluso, pues lo abre un decir permanente
que incluso lo niega englobando la negación como otra
parte de lo dicho dicente.
Las palabras pueden envolverse a sí
mismas, demorarse en su propia esencia sonora, convertirse
en eco de ecos, como impulsadas por su fuerza libre -Freies
Wirken, recoge Heidegger en herencia de Herder, Hölderlin
y R. Mª. Rilke; pueden ser esquema de esquemas, piel
de un tacto seco, rumor del habla habida en la mente del loco,
ausencia suya en el ser angustiado, etc. Entonces muestra
su peligro. Peligro de adocenamiento, de mundaneización,
enajenamiento..., otra forma de exotismo. De uno u otro modo,
la palabra originaria nos proyecta fuera de nosotros mismos
descubriendo en el seno del yo su latencia alterativa, la
sombra tensional, al menos, de Otro. Y esto es también
aquel ritmo originario, presentido, del don originario. Podemos
entrar en él auscultando nuevos latidos o sumidos en
su vorágine, devorados por sus círculos. Y aún
en esto, de modo arrebatado, envueltos en el aliento de la
creación, o revueltos con su fuerza sin alcanzar un
instante, muy breve, de lucidez rítmica. El espíritu
habla a veces, nos recuerda san Pablo muchos siglos antes
que los creadores surrealistas, con gemidos que no hallan
palabras (Romanos, 8, 26). Y aún así, el alma
respira con ellas, según Miguel de Unamuno. Son ellas,
pues, las palabras, su respiro. Y el aliento viene de muy
lejos, también exótico, del fondo del corazón:
An Herzland vielleicht, dejó dicho P. Celan, y con
vibración sostenida, según A. Schopenhauer,
en consonancia poética de pensamiento: Wie eine anhaltende
Vibration. Viento calmo o huracanado, pues diferentes son
los modos e instantes del encuentro vivido: Drum geht ein
Sturm, uns alle abzustreifen, dice, por su parte, Rilke con
tono y metro alterno que secciona la vorágine interna
del tornado.
Pero las palabras también naufragan. Che nel mistero
delle propie onde/ Ogni terrena voce fa naufragio: G. Ungaretti.
El abismo anega el deseo y lo convierte en lodo de pantano,
o lo consume como fuego oscuro del que sólo queda una
ceniza acuosa. Es tanto lo que la palabra anuncia antes de
su presencia; tanto lo que prelate; tanto lo que, ya presente,
la subtiende; tanta su promesa..., el futuro que anuncia,
que flota, nos dice ahora K. Jaspers, en la bruma de sus orígenes
y está siempre más allá del oído
que intenta alcanzarla o de la voz que, con labios ya tibios,
intenta recuperarla. Esta flotación suya siempre insinuada,
incluso cuando se da plena, nos mantiene tensos o, impacientes,
nos engulle, como le sucedió, entre otros, a C. Pavese
y a P. Celan. Suenan con canto de sirenas y arrojan contra
las rocas, o sumen en sus brazos, a los más aguerridos
del encuentro desesperanzado. Por ello Ulises se retorcía
entre las olas escuchando el canto irresistible del naufragio.
Pero la llamada profunda aún conoce, inconsciente,
otro abismo más hondo. Por eso resiste, espera, aguarda,
abre como una semilla el fruto del tiempo.
Aquel anquilosamiento mercantil y utilitario
de la repetición encorsetada contiene un peligro aún
mayor, deshumanizante. Al olvidar el origen, al convertir
la historia nada menos que en ciencia del pasado, siempre
muerto sin el rescoldo del canto -Seldom a song-, y no en
presente siempre vivo, como sintieron los poemas romances,
la palabra se enajena con el concepto que la habita y fue
su verdadera concepción. Luchan dentro de ella entonces
un subfondo resonante y una presencia circunstanciada, instrumental,
variante según el impulso inmediato del consumo espontáneo.
La disociación entre la resonancia de fondo y el sonido
huero de superficie provoca una desorientación y deriva
que invierte la noción de lo humano y la imagen del
verdadero rostro del hombre. Las palabras son imágenes
o esbozos de un rostro nunca del todo presente y delineado.
Unas se adhieren a otras como ramas traídas en pico
de pájaro y forman el nido interior donde alumbra el
nacimiento renovado de la especie. La nacencia alada del pensamiento
natural. Cuando la creación resulta plena y se da como
tal, resurrecta, el rostro invisible se presenta con figura
de rostro humano. No uno fijo, igual para todos y en todos,
como entes clónicos. Al contrario, rostros singulares,
dueños de sí, como las palabras ritmadas en
el conjunto del verso y del poema. Así fueron las apariciones
de Cristo tras la Resurrección a sus fieles y adeptos,
como hortelano, viandante, pescador, o la fuerza misma del
viento, la Presencia natural del Espíritu, su Parusía,
el exceso de al Presencia en un gran Poema Universal. Será,
pues, inhumano cuanto olvide el origen singular del rostro,
y humano cuanto nos convierta en presencia plena de origen
iluminado. Es el avance del poema tras las palabras previamente
desconocidas, convocadas por aquella fuerza libre que Heidegger
entresaca de Herder y, en ocasiones, la surgencia misma del
ritmo, su Parusía.
El olvido de esta relación singular
de la Presencia nos sume, siguiendo aquí a Lévinas,
en el abismo del Logos afectado por la violencia interna que
Heráclito ya entrevió en los orígenes
de la metafísica y de la ciencia atómica. Un
Logos condenado a una explosión intermitente, periódica
-las guerras europeas-, por no escuchar la voz interna que
lo reclama como Oriente suyo de nacencia. El olvido heideggeriano
del origen, herencia poética de los grandes creadores
antiguos y modernos, transforma el periodo del ritmo en épocas
históricas marcadas por conflictos bélicos.
El Logos aún espera el canto del origen, la palabra
de su comienzo: En el principio era el verbo... Y si la gramática
convierte a la palabra en simple argolla de una cadena o término
de una estructura, sin escuchar la resonancia de fondo, ni
entrever la huella o ausencia que funda al lenguaje, toda
ciencia suya, lingüística, hermenéutica,
no digamos ya pragmática, e incluso retórica,
por qué no, también poética, encubre
como metacrítica esquemática la autorreferencia
melódica que san Agustín entrevió en
ella como nido interno del pensamiento trascendido: un espacio
íntimo en el que nace la fuente misma del Decir y del
Pensar, el canto y hoy, para nosotros, después de tanta
creación maravillosa que el talento humano nos ha abierto
sobre las ruinas del Logos atómico, el Poema, con mayúscula,
lo mínimo elevado a categoría máxima
de pensamiento y conocimiento creadores.
Tal vez nos quede como reto de futuro, por
tanto, la resonancia de fondo que pide manifestarse en plenitud
resurrecta de rostro humano. El poeta sigue siendo el profeta
de la voz invisible. Su don, la palabra. Resucitarla, su esencia
y cometido: presentar el ritmo redentor del mundo. El Poema.
Antonio Domínguez Rey.
(Pontevedra, Navidad de 2003)
(IV ENCONTRO INTERNACIONAL DE POESIA NO
PORTO SANTO. Madeira, Maio de 2004)
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