| EDITORIAL
AULIGA, EUROPA,
AMÉRICA
Iberoamérica
es ya una realidad sociocultural que amplía los conceptos
de Hispanidad e Hispanoamérica hasta hace poco más
usados por España para nombrar y significar las relaciones
históricas, culturales y políticas con los países
y zonas hispanas de América. Si bien Hispania fue y
es referencia histórica asociada a la romanización
de la Península Ibérica, los avatares políticos
y el hecho de la expansión de la lengua castellana
por la otra orilla del Atlántico convirtieron a ésta,
por una traslación metonímica, en referente
español de un lugar de origen y gentes que, por su
mayoría en el Reino de España, representaban
a otras comunidades no castellanas como la gallega, vasca
y catalana. La nave Santa María tenía por nombre
La Gallega cuando salió de Galicia, probablemente de
los astilleros de Pontevedra, para ser pilotada luego rumbo
a lo que sería, con nuevo nombre, América. Celso
García de la Riega, pontevedrés ilustre que
regentó cargos en La Habana, escribió en 1897
una obra con el título de La Gallega para confirmar
esta procedencia e incluso defendió más tarde,
en 1914, el origen gallego del descubridor de América
al encontrar en Pontevedra documentos fiables del apellido
Colón y Fonterosa en esta zona dulce del Atlántico
y limítrofe hoy con Portugal, cuya frontera dibujan
las aguas también históricas del río
Miño.
Estos datos y anécdotas nos recuerdan precisamente
que la denominación Iberoamérica pasa por Galicia
y Portugal, comunidades que tuvieron una misma lengua, conocida
desde antiguo como gallego-portugués, y que aún
la escriben hoy casi igual con ligeras diferencias gramaticales
acentuadas, sin embargo, en la fonación del habla.
Es la orilla vertical de la Península Ibérica,
cuyo franja noroeste la ocupa Galicia, cuna del idioma citado
en la frontera apacible del Miño. El camino atlántico
de España hacia América pasa precisamente por
Galicia. Y el ibérico, como vemos, por Galicia y Portugal,
cuya koiné idiomática llegó, y llega
con el rumor de éste y los otros ríos del océano
Atlántico, al inmenso país de Brasil, pulmón
ecológico del sur de América y de casi todo
el resto del mundo. Las aguas del idioma se acrecen y funden
en sus espejos culturas, distancias y destinos humanos.
Pero el nombre castellano-español de Hispanoamérica
designa lo que en Europa nombran, con aquella raíz
romana que aún persiste en su efecto ferviente de animación
cultural e histórica, Latinoamérica, la América
de origen latino, procedente del latín. Quiere decir
esto precisamente que los europeos recuerdan en tal palabra
la procedencia latina que, a través del castellano
y del gallego-portugués, dialectos en su día
de la lengua romana, recibieron, con estos otros idiomas derivadas
del latín, los países americanos que hoy hablan
español y brasileño.
Es evidente que la denominación Iberoamérica
se eleva incluso en su capacidad referente al incluir también
en él la comunidad vasca del norte de España
y su idioma milenario, un reto histórico aún
hoy para la ciencia lingüística, el vasco. Iberia
e Hispania, dos nombres antiquísimos que, desde el
sur y fondo de Europa, entremezclan sus culturas con las también
antiquísimas de pueblos hasta hace poco desconocidos
para el occidente del Atlántico.
Y en todo este concierto de culturas representa la diminuta
Galicia el único espacio idiomático que atesora
las dos lenguas mayoritarias de América del Sur, el
español y el brasileño, y gran parte de América
del Norte. Es incluso la comunidad que más gente vertió,
como un río, con la emigración de los siglos
XIX y XX, pero que remonta en Argentina al XVIII, al continente
americano. Cada gallego, una dorna centenaria, una barquichuela
asomada al Atlántico desde los ríos y rías
que la lírica medieval, gallego-portuguesa, cantaba
a sus aguas enamoradas. Y allí fondearon, anclaron,
vivieron y viven entre generaciones que, también por
metonimia -no sé si ironía de la Historia-,
dieron nombre a cuantos de España, siendo castellanos,
vascos o catalanes de origen, nombran gallegos.
El
gallego de hoy en la orilla norte del Miño, el portugués
en la sur, los dos antiguo gallego-portugués, para
no entrar en disquisiciones históricas, y brasileño
actual en Brasil, forman una koiné idiomática
importante en Europa, América, África y Asia,
próxima a los trescientos millones de hablantes. Si
a esto unimos la doble cifra de la comunidad hispana mundial,
por encima de los cuatrocientos millones, Iberoamérica
se convierte, sí, con sus lenguas, culturas y viveza
creadora, en nombre mayúsculo de la Humanidad entera.
Únase a ello, además, el referente que del latín
romano queda en la denominación europea de Latinoamérica
con el francés, italiano, romanche y rumano. Alcanzamos
casi el millón de iberolatinos en el mundo, cifra,
como todas, poco representativa si sólo de números
se tratara. Pero entran aquí lenguas, culturas y saber
científico, histórico, creador, que late en
las venas profundas de una civilización más
que occidental.
Y sigue siendo Galicia el ángulo atlántico que
abre la ruta bilingüe de Europa hacia América.
La más importante de Europa, entre algunas más
que llegan incluso a las puertas de Rusia, comienza en la
Torre Saint Jacques del centro de París, en Francia,
con el Camino de Santiago. Un camino que se continúa
en Cuba, Perú, Méjico y muchos otros países
americanos. Es la tradición cristiana de una cultura
sembrada siglo a siglo por tierras, mares, hablas, sentimientos,
creaciones, esperanzas: Vida.
Todo este preámbulo está pensado, evidentemente,
desde esta orilla occidental del Atlántico y al rumor
de la reciente Cumbre Iberoamericana celebrada estos días
del mes de octubre de 2005 en la ciudad de Salamanca. Algo
le falta a estos encuentros anuales de jefes de Estado iberoamericanos
que, siendo notables, aún suscitan cierta incertidumbre
después de catorce largos años de reuniones
afectuosas y celebradas. Es, sin duda, el equivalente de la
commonwealth británica, de la francofonía gala,
pero las culturas anteriormente aludidas, el mundo de vida
en ellas comprendido, permiten soñar otro horizonte
e incluso delinearlo con orientaciones futuras más
concretas. Desde luego, para España significa su reto
más esperanzador de política internacional,
o debiera serlo. Y dentro de España, para Galicia.
El preámbulo toca aquí su fondo e intención
inicial. Siendo las que digo condiciones históricas
de Galicia en este marco internacional de presente y futuro,
los gallegos damos la impresión de no querer enterarnos
de las posibilidades ahí abiertas por la Historia más
reciente. Sus hombres atravesaron el Atlántico, formaron
vida común con los americanos, encuentran allí
no sólo su propia lengua en parte de otro modo evolucionada,
sino también la adoptiva, para muchos de ellos incluso
la materna, y asistimos, curiosos, a cuanto acontece sin proponer
ni recordar cuánto recorrimos en este mundo iberoamericano.
La emigración se diluye, la que sea, en aguas de acogida
y regresa, si lo hace, callada, sin ruido, como si el esfuerzo
vital realizado agotara el impulso de la energía que
movió voluntades en el momento de partida. ¿No
sirve esta experiencia vital para cuantos acuden ahora de
América, África y Asia a Europa y España?
Sorprende,
pero de tantos años de emigración no ha surgido
una idea capaz de recoger el resultado de este esfuerzo humano
y traducirlo en modo real de convivencia histórica,
cultural e idiomática nueva. La emigración hispana
es hoy una realidad social que atraviesa los dos continentes,
europeo y americano, en las dos direcciones del Atlántico.
Los gallegos las recorrieron varias veces y asistimos insensibles
a cuanto en ellas se mueve actualmente. Ni gallego, ni castellano.
Ninguna de las dos lenguas, menos aún ambas en conjunto,
suscitan ninguna idea, sugerencia, alternativa, proyecto,
esperanza.
Al contrario, habiéndolas, acepta la comunidad galaica
que sean otros quienes aventuren, si lo hacen fuera del turismo
presidencial con que el presidente de Colombia subrayó
el encuentro de esta Cumbre Iberoamericana de 2005, proyectos
y tracen caminos que no pasan por el suyo, el Camino ya atlántico
de Santiago.
Y una de las existentes es la propuesta de 1997 a la comunidad
gallega con el proyecto AULIGA y desde los supuestos
y perspectivas que aquí vamos exponiendo. Galicia pudo
y aún puede ofrecer a Europa y América el camino
real que funde como otrora en el norte de Europa un encuentro
permanente y alternativo de culturas atlánticas. Le
corresponde a ella en primera instancia y por derecho histórico
de arraigo y convivencia idiomática. Dentro y fuera
de Galicia, idioma gallego para los gallegos, sí, pero
también castellano. Escritores hubo, desde Rosalía
de Castro, escritores que dieron gloria cultural a las letras
gallegas y castellanas, ambas españolas, hasta nuestros
días, con Pardo Bazán, Valle-Ínclán,
Menéndez Pidal, Álvaro Cunqueiro, Torrente Ballester,
Cela, y raigambre de emigración gallega llevaba en
sus venas César Vallejo y aún lleva hoy García
Márquez.
Recordamos esto no por motivos étnicos, ni muchos menos,
sino por el hecho de existir una coyuntura idiomática
y cultural que sitúa a Galicia en el destino del horizonte
iberoamericano y sus representantes no parecen darse por enterados.
Galicia puede ser la transición cultural del Atlántico
entre Europa y América.
El proyecto AULIGA lo conocen las más altas instancias
de la Comunidad gallega y del Estado español desde
1997, fecha de su propuesta oficial en la simbólica
Biblioteca América de la Universidad de Santiago de
Compostela, creada aquélla a instancias de un emigrante
gallego de Argentina, y lo conocen sobre todo desde el año
2000, en el que celebramos el I Congreso Internacional con
el fin de anunciarlo al resto del Estado español y
a América. En su programa figuraban el entonces presidente
de la XUNTA M. Fraga y el comisionado europeo para Oriente
Medio, hoy ministro de Exteriores en España, Miguel
Á. Moratinos,. Se lo ofrecimos hace algunos años
a Enrique Iglesias, actual secretario de la Cumbre Iberoamericana,
solicitando subvención al banco internacional de desarrollo
donde creo que aún trabaja, y a otras entidades muy
significadas en la Cumbre, así como a instituciones
creadas después con objetivos muy similares.
Galicia
no tiene ahora mismo una propuesta cultural de mayor alcance
externo e interno, con rango internacional, que ésta,
por pretencioso que ello pudiera parecernos. Supondría
mucho en el orden social, económico, cultural, empresarial,
no sólo para sus ciudadanos, sino todos los de la comunidad
iberoamericana, estén donde estén, pero, sobre
todo, abriría una página histórica en
el concierto internacional de las culturas y el significado
existencial del ser peregrinos y emigrantes del mundo. La
UNESCO así lo comprendió en palabras de su representante
en España, Pablo Barrios Almazor, al celebrar este
verano con el Salón de Otoño de París,
representado por su presidente Noël Coret, y con AULIGA una exposición y acto cultural en Sarria (Lugo), villa
ubicada en pleno corazón del Camino de Santiago, propuesta
con orientación de futuro por el escultor José
Díaz Fuentes. Las respectivas intervenciones resaltaron
esta voluntad de común vivencia cultural orientada
también a Iberoamérica.
Reiteramos desde esta página la oferta del proyecto AULIGA a la comunidad iberoamericana e invitamos a
colaborar en él con su apoyo, ayuda o participación,
a quienes de una y otra orilla del Atlántico, o de
cualquier latitud humana, sobre todo creadores, y todo hombre
crea hasta respirando, sientan posible tal aventura atlántica,
en especial a los gallegos e iberoamericanos dispersos por
el mundo, emigrantes, exiliados, peregrinos, curiosos y enamorados
de cuanto crea la naturaleza en el hombre. A los representantes
políticos les pedimos, concretamente a los de la Cumbre
Iberoamericana, que favorezcan proyectos cuya iniciativa ayuda
a la consolidación democrática y creadora de
la sociedad civil, como es éste que aquí ofrecemos:
AULIGA, Europa, América.
Antonio Domínguez Rey
(Presidente de AULIGA) |